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martes, 14 de julio de 2009

59 Años del Maracanazo

Video histórico que rememora Maracaná (2'31")

¿Que Foi O Maracanaço?

Se dice que si alguien hiciera en alguna ocasión una clasificación de las mayores sorpresas de la Historia del Fútbol, el segundo puesto estaría muy disputado: la eliminación de Italia por Corea en el Mundial ’66, la victoria de Camerún sobre Argentina en el partido inaugural del segundo Mundial de Italia… hay muchos partidos que se harían acreedores a esa distinción. Sin embargo, cuando a un buen aficionado se le pregunta en el mundo cuál es el paradigma de resultado increíble, de algo que no podía ocurrir y ocurrió, una palabra acaba surgiendo: el Maracanazo. La final de la Copa del Mundo de 1950.

La selección brasileña que se presentó aquel día del Carmen en Maracaná lo tenía prácticamente todo. El mejor ataque del fútbol mundial, con el atildado y genial bigotudo Ademir de estrella (nueve goles en cinco partidos del campeonato) apoyado por los sensacionales Zizinho y Jair; Barbosa, quizá el mejor portero desde el Divino Zamora, bajo los palos; una defensa con Juvenal y Augusto, que se califica simplemente con decir que el suplente de este último era Nilton Santos; una versión del 3-4-3 llamada “la diagonal” con la cual habían desarrollado el juego más hermoso jamás visto hasta entonces, ¡trece goles! en los últimos dos partidos de la fase final; 200.000 hinchas enfervorizados apoyándoles, que llevaba en el campo casi ocho horas, ataviados para la ocasión con las camisetas que lucían “Brasil Campeón del Mundo”… Y por si fuera poco, por el sistema de liguilla adoptado para la ocasión que generó no pocas polémicas, el empate les hacía campeones.

Maracaná estaba proyectado para albergar 155.000 personas. Para al Primer Mundial de Clubes en 2000, su aforo bajó a 103.000, y las reformas previstas para el Mundial 2014 bajan su capacidad a 94.916 personas.

En 1946, FIFA se había reunido para considerar la continuidad de los mundiales tras la II Guerra Mundial. Se inscribieron 29 países, pero tras varias deserciones, la lista de participantes quedó reducida a 13, igual que en 1930.

Los brasileños construyeron el gigantesco Maracaná en menos de dos años, que se convirtió en el mayor estadio del mundo. El fixture estableció cuatro series, y Uruguay se vio favorecido al quedar en una de ellas sólo junto a Bolivia, a quien venció 8 a 0. Con sólo ese partido, Uruguay avanzó a la ronda final.

El campeonato se definía mediante una ronda final de cuatro equipos jugando en la modalidad todos contra todos. El último partido se convirtió en una final "de hecho". Se jugó el 16 de julio, ante la mayor cantidad de espectadores jamás reunida para presenciar una final. Brasil llegaba con 4 puntos, producto de sus victorias frente a 7 a 1 ante Suecia y 6 a 1 ante España, mientras que Uruguay llegaba habiendo obtenido 3 puntos frente a los mismos rivales (una victoria 3-2 frente a Suecia luego de ir perdiendo por dos veces y un empate 2-2 con España, también luego de ir perdiendo). Se debe recordar que el reglamento de la época otorgaba 2 puntos por victoria y 1 por empate; por lo que España y Suecia llegaban a la última fecha sin ninguna posibilidad matemática de alcanzar igualar punta.

Cabe mencionar que, si bien Brasil era favorito obvio por amplio margen, la selección de Uruguay era en ese momento una de las más laureadas del planeta, con una Copa del Mundo, ocho Copas de América y dos títulos olímpicos, y que su juego llevaba décadas provocando la admiración de todos los aficionados del mundo.

Tenía sabor a broma la frase de Obdulio antes de comenzar el encuentro, dirigida a la nube de periodistas que se afanaban en captar la imagen de los locales: “Vénganse, que los campeones están acá…”.

Cuando el árbitro inglés Reader da el pitido inicial, el equipo carioca se lanza en tromba sobre la meta de Máspoli, que resiste duramente. Poco a poco el fútbol plomizo y aparentemente cansino de los uruguayos, lleno de técnica y sentido de la pausa, aquieta el ímpetu brasileño. La multitud ruge incómoda, pues los encuentros anteriores habían sido resueltos por la vía rápida para dejar paso al arte y la exhibición. Hoy, ni Bauer ni Jair se ven capaces de llevar la manija, Zizinho está desaparecido y el equipo da sensación de impotencia. No hay goles cuando los jugadores se retiran al entretiempo, preocupados los locales, más sonriente el combinado charrúa.

Sin embargo, con el empate Brasil se estaba consagrando campeón mundial. Y al inicio del segundo tiempo, en el minuto 2, el brasileño Friaca anota.

Cuenta la leyenda que luego del gol, Obdulio recorrió los treinta metros que lo separaban de la pelota, la cual descansaba en el fondo de la red, a paso lento pero firme. Una vez que llegó hasta ella, con las manos la echó a rodar, y luego, la tomó con sus brazos y la colocó bajo su axila derecha. De ésta forma y con el mismo andar de antes, fue a reclamarle un off-side que sabía inexistente al juez de línea. De esa misma forma llevó luego el balón hasta el centro de la cancha. Mientras el capitán se acercaba al centro del campo de juego, los 200.000 espectadores (se contabilizaron 199.854 entradas y es el partido a la fecha de hoy con mayor asistencia de público en la historia del fútbol) dejaron de mirar al goleador local y fueron acallándose poco a poco hasta enmudecer cuando Varela depositó la pelota en el centro del estadio. En ese momento llamó al árbitro, pidió un traductor y discutió la posición adelantada durante minutos.

De ésta forma logró el objetivo de enfriar el partido además, en ese preciso instante, sin ningún tipo de arengas, le inoculó a sus diez compañeros una inyección de ánimo.

Luego Obdulio recordaría: “...Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego, si no lo aquietábamos, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido. Luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés. Mientras hablaba, varios jugadores contrarios me insultaban, nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos: tenían miedo de nosotros”.

“Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que “esos no nos podían ganar nunca”. Los nervios nuestros se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil”.

Se hiela el ambiente… Cuando tras cuatro minutos se reanuda el choque, ya no quedan restos de la euforia en las tribunas y el momento mágico ha pasado.

Juan Alberto Schiaffino marca el empate

El partido continuó, y en el minuto 19, el uruguayo Schiaffino marcó el tanto del empate. Brasil seguía siendo campeón con ese resultado, pero el estadio terminó de enmudecer, sobre todo, cuando vieron como los nervios hacían mella en los jugadores brasileños.

Los uruguayos comienzan a imponer el ritmo, y, paradójicamente, sienten que Brasil no es inabordable. Morán y Míguez estiran el campo, Bigode sufre con Gigghia, Schiaffino empieza a sacudirse el marcaje de Danilo. Y finalmente, llega lo que el silencioso estadio no daba crédito: Gigghia gambetea en córner y cede atrás para que el Pepe Schiaffino enganche un cañonazo que limpia a Barbosa e iguala la contienda.

Sólo se advierte estupefacción en los rostros de futbolistas e hinchas cariocas; aunque estos, quizá reparando en que este resultado aún les da el título, alzan la voz al grito de ¡Brasil, Brasil!

Pero los amarillos están sucumbiendo ante el poderío físico de Uruguay, que nota el haber jugado una fase previa de un solo partido ante un rival insignificante (recordar, 8-0 a Bolivia) frente a tres de los brasileños. Sin embargo, los locales todavía tienen arrestos para una oleada agónica que les lleva a tener varios córners consecutivos, aunque todos desperdiciados.

Gigghia (justo detrás del balón en la foto) pone el 2-1, en el que será para siempre el instante cumbre del fútbol uruguayo. Barbosa en el piso.

Y a 11 minutos del final, la catástrofe: el Negro Obdulio le da la pelota a Gigghia, este profundiza, distrae a Barbosa preparando un centro ficticio, hasta arranca pasto del suelo en su carrera (se aprecia en el video) y con criminalidad en vez de técnica saca un puntazo rastrero que pasa apenas con lo justo junto al palo, rumbo a la historia, entre poste y portero, colándose a la red. Alcides Edgardo Ghiggia anota el segundo gol para Uruguay y el estadio se petrifica.

Brasil se lanza con todo su poderío pero la suerte le es esquiva y le es imposible revertir el resultado. Al finalizar el partido la “torcida” llora en medio de un silencio sobrecogedor. Es luto en todo Brasil, hay suicidios...

Jules Rimet entrega la Copa casi a solas. Los más fanáticos pretenden linchar a los futbolistas brasileños. Más tarde, el gran Obdulio en la noche de Río, trata de consolar a los vencidos bebiendo con ellos. Y Barbosa, el arquero brasileño, llevará injustamente el estigma del culpable por toda su vida…

Hasta ese día la casaquilla oficial de Brasil era blanca. Nunca volvió a usarse. Posteriormente comenzó a utilizar la verde-amarela, esa sí los llenaría de gloria.

Fue sencillamente uno de esos días en los que la Vida se sentó a tomar un café con la Historia y “maracanaço” pasó a integrar la lengua portuguesa como sinónimo de desastre.

Las alineaciones de ese día:

Uruguay: Máspoli, González, Tejera, Gambetta, Varela, Andrade, Gigghia, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán.

Brasil: Barbosa, Augusto, Danilo, Juvenal, Bauer, Bigode, Friaca, Zizinho, Ademir, Jair y Chico.

Árbitros: George Reader, Arthur Ellis y George Mitchell

Fuentes: Enc. Libre Wikipedia y sitios de: Copacabana Runners, Diario ABC de España, FIFA, AFA, CBF News. Video disponible de YouTube.

1 comentario:

Santiago Pereira Yaquelo dijo...

Gran artículo, muchas felicitaciones por el blog y todo lo expuesto, un sitio que todo uruguayo (y sobre todos los más jóvenes) debería visitar, para conocer más de su país.

Un abrazo,

Santiago