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sábado, 31 de octubre de 2009

Trombas Marinas en Uruguay

Tromba de enormes proporciones en base y en vertical, frente al puerto de Colonia, 1988. Al fondo de la imagen se aprecia una segunda, lejana. Dentro del puerto hubiese sido devastadora.

El 28 de enero de 1988, esta espectacular tromba aparecía a las costas de Colonia, más precisamente frente a su puerto. Si se hurga con la mirada en la fotografía, se podrá incluso ver bien atrás y a la izquierda otra tromba menos definida y mucho más distante.

Si bien estas trombas a nivel local van contra nuestra intuición en cuanto a su existencia, (las condiciones para estos fenómenos están mayormente dadas en aguas tropicales), existen fenómenos de trombas registradas en el Río de la Plata, y más aún, en plena costa uruguaya.

No existen en Uruguay registros sistemáticos, sin embargo se han conocido fenómenos recientes de este tipo el 25 de diciembre de 2006 yel 17 de febrero de 2007 nuevamente en Colonia, el 2 de marzo de 2008 a tan solo 200 metros de las costas de San Isidro, Buenos Aires y 8 de setiembre de 2008 a la altura de Nueva Palmira, Colonia. Probablemente estos episodios sean mas frecuentes de lo que nosotros pensamos, e incluso quizás las aguas más tibias del curso alto del Río de la Plata ayuden a la formación de las mismas.

Doble tromba el 2 de marzo de 2008, en San Isidro, Buenos Aires, próximo a donde comienza el delta del Paraná, frente al departamento de Colonia.

Se conocen las condiciones meteorológicas previas para la generación de trombas, pero al darse en condiciones aparentemente benignas, muchas veces no son tomadas como los fenómenos peligrosos que realmente son:

1. convergencia de vientos en bajos niveles de la atmósfera. 2. cortante vertical muy débil. 3. temperatura superior a la normal sobre el cuerpo de agua que se forme y alto contenido de humedad sobre la superficie. 4. baja presión atmosférica. 5. inestabilidad potencial en bajos niveles (gradiente de temperatura). Las trombas marinas o mangas de agua (“waterspout” en inglés), son embudos que contenienen un intenso vórtice o torbellino que ocurre sobre un cuerpo de agua, usualmente conectado a una nube cumuliforme.

Las trombas marinas se dividen en dos tipos: tornádicas y no tornádicas. Como su nombre claramente lo indica, las primeras son tornados, ya sea formados sobre el agua o formados en tierra y que pasaron luego al medio acuoso, mientras que las segundas, si bien similares en apariencia, no son tornados.

Las trombas tornádicas son justamente tornados sobre el agua, cuya formación depende de la existencia de los denominados “mesociclones”, sistemas de baja presión en la escala de 2 a 10 km, que se forman dentro de tormentas eléctricas muy severas, organizadas y persistentes, denominadas “superceldas”. Este tipo de trombas son más raras, por cuanto los tornados en general se forman en los continentes, donde la fuente de calor superficial y los contrastes de masas de aire son mayores. Los daños que produce un tornado son muy severos, por cuanto implican vientos de hasta 512 km/h (F5 en la escala Fujita.

Las trombas no tornádicas (también llamadas “fair weather waterspout” en inglés), no están asociadas a tormentas del tipo supercelda y son mucho más comunes que las tornádicas. En general se forman bajo la base de grandes cúmulus o de cumulunimbus y su severidad rara vez excede el tipo F0 en la escala de Fujita (menos de 116 km/h), aunque representan de cualquier manera un riesgo serio para la navegación. La rotación se origina desde las capas inferiores del suelo y no depende de la preexistencia de un mesociclón.

Este tipo de trombas marinas tienen una dinámica similar a otros fenómenos muy comunes, los “diablos de arena” o simplemente torbellinos de arena o de tierra, a menudo observables en playas y desiertos, aunque son más intensa. Ambos vórtices se hacen visibles donde el viento levanta partículas del suelo con relativa facilidad (ya sea arena, tierra o agua) y no podrían advertirse por ejemplo en un bosque o pradera.

De nuevo, una de las trombas del 2 de marzo de 2008, en San Isidro, ya tocando tierra.

Además las trombas marinas cuentan con una gran carta a su favor: el aire es más húmedo sobre el agua y puede condensarse al haber un fuerte descenso de la presión atmosférica, lo cual la hace visible con la forma de "nube embudo". Esta caída de presión es justamente lo que sucede en el interior del torbellino.

Fuentes: Diario La Nación, Wikipedia, Tornados en el Uruguay http://tornadoseneluruguay.blogspot.com/2009/01/trombas-marinas-tanto-en-el-presente.html Nota: a todas las fotorafías les fue mejorada la luz, pues la oscuridad reinante por el espeso manto nuboso provocaba una importante perdida de detalles en las mismas, en particular en las de San Isidro.

jueves, 29 de octubre de 2009

100 Años de Aguas Fronterizas Comunes con Brasil

Fotografía autografiada del Barón de Río Branco en Petrópolis, enero 24 de 1911.

Fuente: http://www.gutenberg.org

José Maria da Silva Paranhos Junior (Río de Janeiro, 20 de abril de 1845 - Río de Janeiro, 10 de febrero de 1912) fue un diplomático e historiador brasilero conocido como el Barão do Rio Branco. El apelativo Junior le distingue de su padre: José Maria da Silva Paranhos, Barón y Vizconde del Rio Branco.

Inició su carrera política como promotor y diputado, dedicándose a las actividades diplomáticas, en el entonces Imperio del Brasil.

Fue cónsul general en la ciudad inglesa de Liverpool a partir de 1876, luego fue nombrado ministro acreditado en Alemania en 1900, asumiendo el Ministerio de Relaciones Exteriores desde 1902 hasta su muerte, en 1912. Ocupó el cargo a lo largo de cuatro mandatos presidenciales.

Recibió el título de Barón del Río Branco en las vísperas de la finalización del período imperial de Brasil; sin embargo, continuó utilizando el nombre "Rio-Branco" en su firma, después de la proclamación de la República del Brasil, en 1889. La razón de esta actitud se debió a que era un monárquico convencido y para homenajear a su fallecido padre, el senador y diplomático Vizconde del Río Branco (José Maria da Silva Paranhos).

Su mayor contribución al país fue la anexión de tres importantes territorios por medio de la diplomacia. Obtuvo una victoria sobre Francia al establecer una nueva frontera de la Guyana Francesa con el estado de Amapá, en 1900 por medio del arbitraje del gobierno suizo. En 1895 ya había conseguido asegurar buena parte de los estados de Santa Catarina y Paraná, en litigio con Argentina en el incidente conocido como la Cuestión de Palmas. Ese primer arbitraje fue decidido por el presidente estadounidense Grover Cleveland, y tuvo como opositor por el lado argentino a Estanislao Severo Zeballos, que más tarde se posesionó como ministro de relaciones exteriores y durante mucho tiempo acusó al Barón de fomentar una política imperialista. Fue el prestigio obtenido por el Barón en esos dos casos lo que hizo que el presidente Rodrigues Alves lo escogiera para el puesto máximo de la diplomacia brasilera en 1902, cuando Brasil estaba justamente envuelto en una disputa fronteriza, esta vez con Bolivia.

Bolivia intentaba arrendar una parte de su territorio a un consorcio empresarial anglo-americano. La tierra no era reclamada por Brasil, pero era ocupada casi completamente por colonos brasileros que resitían a los intentos bolivianos por expulsarlos de su territorio.

En 1903, firmó con Bolivia el Tratado de Petrópolis, poniendo fin al conflicto de los dos países por el territorio de Acre, que pasó a pertenecer a Brasil, mediante una compensación económica y pequeñas concesiones territoriales. Ésta es la acción diplomática más conocida del Barón, cuyo nombre fue dado a la capital de aquel territorio (actualmente un estado brasilero).

El Tratado Tobar-Rio Branco fue celebarado amistosamente entre Ecuador y Brasil el día 6 de marzo de 1904, en la ciudad de Río de Janeiro, antigua capital de Brasil. Tuvo por finalidad el arreglo de límites de estos dos países. Intervino por el Ecuador el Dr. Carlos Rodolfo Tobar y por el Brasil el Sr. José Maria da Silva Paranho, Barón de Río Branco.

Finalmente negoció con Uruguay el co-dominio sobre el Río Yaguarón y la Laguna Merín, esencialmente una concesión voluntaria de Brasil a un vecino que necesitaba de aquellas vías fluviales. Antes de ese tratado de límites los brasileños ejercían la soberanía dentro de ríos y lagunas, al punto extremo que se comentaba que los habitantes de Villa Artigas no podían tener siquiera canoas. Y menudo problema cuando el río crecía, alcanzaba los ranchos y los pobladores debían huir a tierras secas corridos por las propias autoridades brasileñas.

El problema se arrastraba desde 1851, cuando se celebró el tratado básico en forma ampliamente desventajosa para Uruguay, que acababa de salir de la Guerra Grande, cuya paz se firmó el 8 de octubre de 1851.

Ambos países renunciaron a ciertas pretensiones: Uruguay a los límites fijados en el acta de incorporación de 1821 y que hacían referencia al Tratado de San Ildefonso de 1777, y Brasil al acuerdo Cabildo-Lecor. Además, se estableció como base para regular los límites el “uti possidetis”, consistente en que los Estados seguirían poseyendo lo que ya poseían.

Pero en virtud de favores adeudados por ambos bandos de la Guerra Grande en su necesidad de obtener ayuda militar y económica de Brasil, el tratado establecía, además, excepciones al uti possidetis, en virtud de que ciertos propietarios brasileños en la región fronteriza tenían interés en continuar bajo soberanía brasileña, a pesar de estar en territorio uruguayo.

Se determinaron, por lo tanto, tres zonas dentro del territorio uruguayo que quedarían bajo soberanía brasileña: el Rincón de Artigas, el Rincón de Santa Victoria, y el Trapecio de Bagé. También quedaron bajo soberanía brasileña las islas ubicadas en la desembocadura del río Cuareim, incluida la isla Brasilera, la cual Uruguay objetó en 1928 que geográficamente no se encontraría en la desembocadura, sino que en el río Uruguay, y por lo tanto no debía ser brasileña. También se estableció la EXCLUSIVA navegación por parte de Brasil de la Laguna Merín y el río Yaguarón y SE CEDIÓ al Brasil una zona de media legua en una de las márgenes del río Cebollatí, a los efectos de la construcción de un puerto.

El diplomático Andrés Lamas había logrado que el Imperio del Brasil se comprometiera a intervenir en el conflicto en favor del Gobierno de la Defensa. Con la firma del tratado, Andrés Lamas pagó, en nombre de Uruguay, un pesado precio por la intervención solicitada. Además del tratado de límites, el acuerdo incluyó cuatro tratados más: de alianza, de prestación de socorros, de comercio y navegación y de extradición. Por ellos, Uruguay permitía la participación de fuerzas militares brasileñas en sus conflictos internos a pedido el “gobierno legitimo” del país, recibía un préstamo de 138.000 patacones y reconocía, a cambio, una deuda de guerra de 300.000, en garantía del pago de cual consentía en enajenar sus rentas públicas; declaraba LIBRE la navegación del río Uruguay y la de sus afluentes, aceptaba la prohibición de poner impuestos a la exportación del tasajo y del ganado en pie a Brasil y se obligaba a devolver a Brasil los esclavos que se escaparan y buscaran refugio en la República.

En 1852, con la mediación de Argentina, se lograron modificar ciertos aspectos del tratado: renuncia brasileña a la media legua y supresión del Rincón de Santa Victoria. La mayor crítica realizada por Uruguay al tratado remanente fue la exclusividad de navegación brasileña en la Laguna Merín. La política uruguaya al respecto fue tendiente a obtener la navegación de la laguna.

En 1857 se firmó un Tratado de Comercio y Navegación, en el cual se reconoció la mutua conveniencia en las relaciones entre ambos países en abrir la navegación de la Laguna Merín y el río Yaguarón, pero luego de estudios llevados a cabo por Brasil. Este tratado no fue ratificado.

Recién el 30 de octubre de 1909 se firmó el Tratado de la Laguna Merín, por el cual Brasil cedió a Uruguay la navegación libre en la Laguna Merín y el Yaguarón y, además la plena soberanía sobre la mitad de esas aguas, divididas por el criterio de la línea media, del talweg o una línea convencional quebrada según los casos.

La modificación del tratado de obras posibilitó esta obra entonces monumental, el puente Mauá

fuente: www.jaguarão.net

Y por esa razón, el Barón de Rio Branco fue homenajeado por el gobierno uruguayo, siendo utilizado su nombre para rebautizar nada menos que al antiguo pueblito de Villa Artigas, hoy ciudad de Río Branco, en el departamento de Cerro Largo, vecina de la ciudad brasilera de Jaguarão y además su nombre se repite en los nomenclátores de todo el país.

En 1909, su nombre fue sugerido para el cargo de presidente de Brasil del año siguiente pero el barón prefirió desistir de cualquier candidatura que no fuese de unanimidad nacional.Fue director del Instituto Histórico y Geográfico Brasilero (1907-1912), escribió dos libros y ocupó la silla número 34 de la Academia Brasilera de Letras.Su muerte, durante el carnaval de 1912, alteró el calendario de la fiesta popular de aquel año, dado el luto oficial y grandes homenajes que le rindieron en la ciudad de Rio de Janeiro.Considerado el patrono de la diplomacia brasilera, su nombre está inscrito como uno de los héroes de su patria, en el panteón existente en la Plaza de los Tres Poderes, en la ciudad de Brasilia.

Finalmente, el 7 mayo de 1913 se firmó una Convención modificando el límite en el arroyo San Miguel. El 20 de diciembre de 1933 se estableció el Estatuto Jurídico de la Frontera y el 21 de julio de 1972 se intercambiaron notas reversales sobre el frente marítimo a la altura de la desembocadura del arroyo Chuy.

El 31 de diciembre de 1930 los antagonismos quedaban definitivamente abolidos con la inauguración del puente entre Rio Branco y Jaguarão. (Postal brasileña de la época) fuentes principales: http://es.wikipedia.org/wiki/Estado_Oriental_del_Uruguay; http://es.wikipedia.org/wiki/Bar%C3%B3n_del_R%C3%ADo_Branco; colección de fotos de la construcción e inaguración del Puente Mauá en www.jaguarão.net

martes, 27 de octubre de 2009

La Península Timoteo Ramospé

Un sauce llorón a orillas de la península se apoya en las aguas del río.
Foto: Panoramio - Marianina Barletta

La península Timoteo Ramospé, es el producto final de una modificación positiva a lo largo de casi un siglo de un paisaje natural, un hecho que no siempre es posible lograr cuando se emprenden modificaciones que atentan contra de la voluntad de la naturaleza.

Remontándose al siglo pasado, la península no ofrecía el aspecto que tiene hoy; es más, no era siquiera una península. Se trataba de un sitio de características inaccesibles, de tupida vegetación, en el que abundaban matorrales espinosos y peligrosos tembladerales hacían riesgosa su penetración. Era concretamente una isla, rodeada enteramente por el río, un recinto ideal para maleantes y contrabandistas, principalmente de origen porteño.

Muchos lectores ya estarán preguntándose dónde se encuentra el sitio al que referimos, conocido anteriormente como “Isla del Puerto”, cuyo arrendamiento, en setiembre de 1874, fue subastado en remate público a razón de un peso por mes.

El puerto de la Ciudad de Dolores visto desde la península, creación de Ramospé
Foto: Panoramio - Moryarti

Para 1903, el Comisario de Dolores (cuyos anales fundacionales como San Salvador pueden llegar a remontarse a 1574, a cargo del Adelantado Juan Ortiz de Zárate), hizo saber a los vecinos carentes de recursos que tuvieran animales, que se había destinado la isla del puerto para pastoreo en forma gratuita. Pero continuaba siendo un lugar inhabitable.

Pero nació desde un vecino de la localidad, la idea de convertir la isla en un paseo público, de modificar su paisaje y acondicionarlo para concebir un lugar de esparcimiento para todos los doloreños. Fue Timoteo Ramospé, quien en el año 1913 tuvo la iniciativa de transformar la isla en un paseo público con jardines, caminos y fácil acceso.

Desarrolló una prolífica labor contraatacada por las frecuentes crecientes del Río San Salvador, que destruía en horas el esfuerzo de largos períodos de labores.

También existieron personas que no apreciaban el verdadero valor de los planes de Don Timoteo y pretendían ejercer una influencia negativa para que no se pudiera llevar a cabo esta obra, apoyados por algunos periódicos de la época. Sin embargo desde 1953, la Península lleva su nombre.

Una imagen satelital vale diez mil palabras: así se ven el Río San Salvador y la ex Isla del Puerto
fuente: GoogleEarth

En 1924 se logró finalmente comenzar a separar el río San Salvador de la Cañada Contreras que allí desemboca, lográndose esto mediante la fijación de estacas de árboles nativos para evitar los arrastres de tierra ocasionados por las periódicas crecientes, y rellenando los espacios con escombros y escoria del carbón de piedra que utilizaba el Molino San Salvador, quedando formada así el enlace que unió la isla a tierra firme y que hoy se llama Pasarela Schweizer.

El 11 de mayo de 1949 se conformó la "Comisión de Amigos de la Isla", encargada de velar por la conservación, embellecimiento y mejoramiento de la península.

La tarde cae sobre el puerto de Dolores, otro rinconcito escondido de Mi Uruguay.
Foto: Panoramio - Sergei Svodarenko

Desde entonces se han plantado diversidad de especies arbóreas; se parquizaron los espacios instalando mesas y bancos bien sombreados; se electrificó la zona y se construyó una rambla de acceso que hace de la península el paseo natural sobre el río por excelencia de la Ciudad de Dolores.

Extractado por LDI desde Wikimapia

sábado, 24 de octubre de 2009

Francisco Álvarez crecería más de 20 metros de altura

Flor de Luehea Divaricata, Caa-obetí, Azoita Cavalho o...

Francisco Álvarez reside en Uruguay, Argentina, Paraguay y Brasil. En nuestro país vive en sierras, cerros y quebradas del norte y particularmente en márgenes de los ríos Negro y Uruguay, considerándose los montes de la isla Martín García, en el Río de la Plata, su área de dispersión natural más austral. Alcanza hasta 20 metros de altura, pero a nivel regional, llega excepcionalmente hasta los 30 metros de altura.

Los nombres de las plantas son difíciles de recordar: el latín no es un idioma corriente. Por eso, el ingenio popular creó una terminología doméstica, afectiva y fácil. Sin embargo, parece llegar demasiado lejos el hecho de ponerle a un árbol nombre y apellido, pero en este caso es efectivamente así.

Francisco Álvarez. Se destaca su gran porte.

Su nombre científico es Luehea Divaricata, nombre que recuerda al botánico alemán C. Van Lühe.

Es un árbol fácil de distinguir. Su madera es valiosa. De follaje semi-persistente pero que finalmente cae en su totalidad, su copa es redondeada, ancha, densa, de fuste tortuoso y corto, inerme, con aletas en la base; tiene ramificaciones de yemas durmientes (rebrotantes) y nudos. Su corteza es lisa, grisácea, y se agrieta con el paso de los años.

Sus hojas son simples, de bordes aserrados irregulares, de ápice agudo y de entre 7 y 9 centímetros de largo por 3 a 5 de ancho. Sus nervaduras (tres) parten de la base con tricomas dorados prominentes en el envés; la cara superior es glabra y el revés pubescente y blanquecino; por lo que en primavera y verano, cuando predomina el colorido verde de su follaje, el viento se encarga de resaltar el color blanquecino del revés de las hojas. En otoño el follaje adquiere color grisáceo.

Hojas y frutos de un Francisco Álvarez

Sus flores nacen en el correr del verano y comienzo del otoño, de sépalos verdes, sus corolas son rosadas, de 2 a 3 centímetros de largo, de centro amarillo y estambres notables.

Su fruto es seco, grisáceo verdoso y leñoso, con tricomas finos en toda la superficie exterior. Son cápsulas dehiscentes largamente oblongas, de unos 3 centímetros de largo, que al madurar, se abren en un extremo en cinco partes dispersando las semillas que, en tierra de mantillo protegidas del sol, crecen con facilidad. El número de semillas por kilogramo puede superar las 200.000

Las ramas nuevas son leñosas; se renueva con brotaciones vigorosas del tronco. Fuente: Flora Indígena del Uruguay (J. Muñoz - P. Ross - P. Craco) Ed. Hemisferio Sur http://www.lanacion.com/ es.wikipedia.org/wiki/Luehea_divaricata

jueves, 22 de octubre de 2009

130 Años de la Desaparición de José Pedro Varela

José Pedro Varela (Montevideo, 19 de marzo de 1845 - ídem, 24 de octubre de 1879) fue un sociólogo, periodista y político de Uruguay, hijo de Benita Gumersinda Berro y Jacobo Dionisio Varela, y casado con Adela Acevedo.

José Pedro Varela

Inició su actividad periodística a los 20 años de edad (1865) en un periódico de moda y novedades literarias llamado “La Revista Literaria”, publicando, entre otros artículos, “Los gauchos”, en el que expresa su visión urbana y europeizada sobre los habitantes de la campaña de aquel entonces.

En 1867 realizó un viaje a París —casi obligatorio para su época y condición social— donde visitó al poeta Víctor Hugo. Poco después viajó a los Estados Unidos donde conoció al político y escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien despertó su interés por los temas de la enseñanza, comenzando desde entonces una serie de investigaciones, trabajos y propuestas que más tarde finalizarían en la implantación de la enseñanza obligatoria por parte del estado uruguayo.

En 1868, ya en Montevideo, se dedicó a la actividad política a través del diario La Paz, que dirigió hasta 1873. Al mismo tiempo creó la Sociedad de Amigos de la Educación Popular junto a Elbio Fernández, Carlos María Ramírez y otros jóvenes de su generación.

En 1874 publicó “La educacion del Pueblo”; y en 1876 publicó “La legislación escolar”, libro donde demostraba no sólo la necesidad de una reforma escolar sino también su plausibilidad.

Para ello aportó datos estadísticos sobre la población del país, que manejó como argumentos de su tesis, siendo el primero en usar esta herramienta en la historia intelectual del Uruguay.

Varela participó de la creación de un partido radical liberal democrático (el cual luchó por el voto universal, la igualdad en los derechos de la mujer, etc.) oponiéndose a los partidos tradicionales a los que acusaba de aprovechar la ignorancia del pueblo para disputarse el poder político.

En 1876, durante el gobierno del Coronel Lorenzo Latorre, y a pesar de ser rival político de éste, aceptó el cargo de Director de Instrucción Pública, presentando un proyecto de ley por el cual el Estado uruguayo establecería la enseñanza escolar laica, gratuita y obligatoria, organizando también sus institutos reguladores y las asignaturas a dictarse. Este proyecto fue aprobado y convertido en ley el 24 de agosto de 1877 (Decreto Ley de Educación Común).

De esta forma, y siguiendo la tendencia europea de aquel entonces, el estado pasaba a tener el control de la enseñanza escolar, y con ella el de la formación intelectual del pueblo uruguayo, inculcando desde entonces una cerrada visión nacionalista y autoindulgente sobre el país, su pasado y su futuro, al tiempo que actuaba como elemento homogeneizador de la diversidad social y étnico cultural del país, y de justificador de la viabilidad histórica del mismo.

A pesar de la propuesta vareliana, la laicidad en la educación uruguaya tardaría varias décadas en llegar, ya que el Decreto Ley de Educación Común instauraba los principios de obligatoriedad y gratuidad pero no el de laicidad.

Esto fue objeto en su momento de grandes discusiones, pero el poder de la Iglesia Católica llevó a quitar el principio.

José Pedro falleció en 1879, cuando solo tenía 34 años. Su hermano Jacobo Varela se encargó de continuar con su reforma educativa.

Fuente: Enciclopedia Libre Wikipedia.

martes, 20 de octubre de 2009

Habitante Peligroso: Víbora de la Cruz

A medida que se acercan las jornadas más templadas, la Crucera o Víbora de la Cruz (Bothrops alternatus) va abandonando su letargo invernal y es tiempo de que recordemos su peligrosidad. Habita generalmente en lugares bajos, áreas de bañado, esteros o pajonales, cañaverales de azúcar y arrozales. Su tamaño puede superar el metro con cuarenta, siendo las hembras más largas y más pesadas que los machos. Se reconoce con facilidad por sus diseños con forma de tubos de teléfono o "C" bordeados de amarillo o crema a los costados de su cuerpo.

No es esperable encontrar ver a una distancia que sea prudencial la mancha en cruz sobre su cabeza, la cuál le da nombre. A cada lado de la cabeza, y entre la narina y el ojo se observan dos formaciones llamadas fosetas loreales, pequeños órganos termo-receptores que captan radiaciones infrarrojas, lo que le permite localizar presas de sangre caliente con gran precisión y cazar cuando cae la tarde, hora en la que abundan sus presas favoritas, y además compensa con creces su visión pobre.

Se alimenta básicamente en base a roedores, pero no hace desprecio a tucu-tucus o aves. Aún temida por el hombre, sería un error considerarla su enemiga, pues dentro de su ecosistema, es una importante controladora de la población de especies sumamente prolíficas que, sin esas intervenciones naturales, acarrearían notables perjuicios a la vegetación en general y particularmente a la agricultura. En Uruguay se dan entre 80 y 100 accidentes ofídicos anuales, dependiendo dicha variabilidad fundamentalmente a razones climáticas; 60 o 70 de esos accidentes involucran a Cruceras -que son peligrosas, pero no particularmente agresivas, sino defensivas- y a Yararás, la otra especie peligrosa y activa. El resto de los registros proviene de mordeduras de ofidios no ponzoñosos. Si bien existe una tercera especie de ponzoña peligrosa en nuestro país, las Corales, estas tienden a evitar el contacto humano y no se registran accidentes en nuestro país.

Poseedora de un veneno enérgico y eficaz, aunque raramente letal, la Crucera es temida; la mayoría de los accidentes se producen al pasar muy cerca de ella, al pisarla o al molestarla, o hurgando con la mano en lugares no accesibles a la vista, como dentro de cuevas en el suelo donde frecuentemente se refugia. La mayor incidencia de los accidentes se produce en los meses de verano y, fuera de esta estación, en los períodos de alta temperatura y humedad que se registran aisladamente en el resto del año. Estos últimos accidentes se caracterizan por ser más graves debido a que en el estado de hibernación del animal, al que recurre como modo de reducir al mínimo todas sus actividades vitales para resistir el invierno cuando este es bastante riguroso, la cantidad de ponzoña es mayor y de características diferentes. Suelen asolearse arrolladas. Para atacar se enroscan y retraen su cuello en “S” antes de lanzar su ataque. En nuestro país podría afirmarse que está distribuida prácticamente en casi todo el territorio con la excepción de las áreas urbanas y las de influencia relacionadas a la metrópolis montevideana. La hembra da a luz entre tres y veinticinco viboreznos de alrededor de veinticinco centímetros de largo entre marzo y mayo.

Algunas fuentes consultadas: http://www.scielo.edu.uy/scielo.php?pid=S0303-32952004000300010&script=sci_arttext http://www.aqvaterra.com/docs/especies_venenosas_uruguay_h_combi.htm http://www.infecto.edu.uy/revisiontemas/tema11/mapbothrops.html http://www.misiones.gov.ar/ecologia/Todo/Contenido/Especies%20Misioneras/yarara.htm

sábado, 17 de octubre de 2009

Un Mariposario Uruguayo: La Reserva Silvestris

La Reserva Silvestris es un núcleo zoológico dedicado a la cría y preservación de mariposas y flora nativas, así cómo de aves nativas y exóticas.

Los seres humanos desde siempre han cultivado pasión por las mariposas. Tal vez debido a sus alas resplandecientes; o quizás porque nos intriga el modo en el que llegan al mundo, a través de una metamorfosis sorprendente. O porque las mariposas están ligadas en nuestra mente a la idea de pureza, eternidad y renacimiento.

En un Mariposario se puede estar cara a cara con una mariposa y observarlas en primer plano volando alrededor, alimentándose con el néctar de las flores o con el jugo de las frutas.

Incluso se puede apreciar a la mariposa emergiendo de la crisálida, finalizando su metamorfosis de huevo a larva, luego a pupa y finalmente a mariposa adulta.

En el pasado algunos zoológicos exponían algunas mariposas muertas y larvas encuadradas que atraían al público. Aquí en cambio, pueden ser vistas vivas, en un ambiente que intenta imitar el hábitat natural de las mismas. Al contrario de la mayoría de los zoológicos, que separan al animal del observador, con malla, fosos o vidrio, el Mariposario ofrece al visitante un encuentro cercano: el visitante puede entrar en la "casa" de la mariposa y deambular en una atmósfera mágica dónde se pierde el límite entre la flora y la fauna.

La reserva funciona desde 2006 en base a una propuesta eco-turística y educativa única en Uruguay. Ha sido declarada por el Municipio de Maldonado, de interés departamental y cuenta con el respaldo de la Dirección de Fauna del Ministerio de Ganadería y Pesca.

Es un sitio de sumo interés tanto para especialistas como aficionados. En el mismo se ha logrado la reproducción de 20 especies nativas en cautiverio, alguna de ellas por primera vez.

El espacio es un predio de tres mil metros. En ellos hay construidos 4 aviarios, un mariposario, un vivero y una huerta. Hay interacción entre los visitantes, las mariposas y las aves; ya que tanto los aviarios como el mariposario son espacios amplios donde el visitante puede circular y observar directamente en su hábitat a las diferentes especies.

En los amplios aviarios se exhiben numerosas especies de aves nativas y exóticas. Allí se intenta recrear sus hábitat para facilitar la tenencia y la reproducción.

La primavera marca el inicio de los nacimientos, y el lugar se llena de cantos, reclamos y aleteares de las mariposas.

Actualmente la Reserva Silvestris cuenta con un aviario de pequeñas aves exóticas de 30 metros cuadrados; otro similar para pequeños y medianos granívoros nativos; cuatro aviarios para la cría de cardenal amarillo (especie casi extinta en libertad en nuestro país) y un aviario de 72 metros cuadrados para aves de mediano y gran porte, frugívoros y omnívoros.

Allí también se investigan diferentes especies de lepidópteros compatibles con la cría y mantenimiento en el mariposario. Actualmente hay 16 especies recolectadas de la zona.

El ciclo reproductivo de estas especies implica el cultivo de flora nativa, para lo que se cuenta con un vivero especializado.

Con más de 40 variedades de árboles y arbustos nativos, se cuida el paisajismo de caras al cultivo y preservación del monte nativo, con el fin de conservar los hábitat de la fauna autóctona. Los jardines exteriores son además un atractivo para diferentes especies que se acercan libremente, pues además allí han sido instalados dispensadores de alimento para colibríes, aves granívoras y frugívoras.

La Reserva Silvestris ofrece paseos guiados de 11 a 18 horas, siendo los momentos más convenientes para la observación de mariposas los días soleados y cálidos, en horas próximas al mediodía. También existe servicio de cafetería para quienes deseen disfrutar por más tiempo del parque.

La Reserva Silvestris se encuentra en el kilómetro 169,5 de la Ruta 10, entre las calles 46 y 49 del Balneario Buenos Aires, a mitad de camino entre Punta del Este y José Ignacio.

Fotos: Reserva Silvestris Tel. 042-774418 mail: mariposario.uy@gmail.com

jueves, 15 de octubre de 2009

El Último Guazupucú

Hace 50 años Uruguay perdía una especie: el Ciervo de los Pantanos

Entrevista realizada por Néstor Rocha, difundida en el programa “Punto Azul” de Esteña FM.

50 Años de una Extinción: El Guazupucú (Ciervo de los Pantanos)

El Ciervo de los Pantanos (o Guazupucú en voz indígena) es un cérvido sudamericano cuyo hábitat son los humedales y pantanales. Viven en grupos reducidos y son preferentemente de hábitos nocturnos. A este ciervo lo indican como el de mayor tamaño de América del Sur, su piel tiende a un color rojo leonado, las partes inferiores son negras y las cornamentas de los machos no son largas, sino más bien cortas. La mudanza de las mismas se puede dar en cualquier época del año.

El color rojizo de la piel de esta especie era uno de sus rasgos distintivos.

Se lo considera el más hermoso de los ciervos autóctonos de América Latina; Rocha, rico en ecosistemas de humedales fue un ámbito natural y propicio para que abundase el Ciervo de los Pantanos o Guazupucú. En los siglos pasados, allí existió una importante y numerosa población, particularmente en los bañados que comprenden la zona de la Laguna Negra y Santa Teresa; pero el hombre blanco, con su instinto depredador por caprichos y regocijos, fue paulatinamente exterminando esta hermosa especie.

Esta narración está enmarcada en el bañado Las Maravillas o Esteros de Santa Teresa de la Laguna Negra, muy próximo a un lugar conocido como la Isla de Bastián. El nombre de esta isla forma parte de numerosas leyendas de hechos misteriosos y supo tener un Robinsón de origen lusitano llamado Sebastián, el nombre de este ermitaño por deformación dio denominación a la referida isla.

Tiempo atrás, entrevistamos al Profesor Hugo San Martín sobre una historia oral de la que tomó conocimiento a consecuencia de una investigación que venía realizando sobre esta población de ciervos. Explicó que aquí fue donde se dio exterminio a los últimos ejemplares de los Ciervos de los Pantanos no sólo del departamento de Rocha sino de nuestro país; desde este instante nunca más se detectaron en forma real y fehacientes ejemplares de esta especie. En muchas ocasiones se afirmó que se vieron a estos ciervos pero científicamente nunca se pudieron comprobar estas presencias.

San Martín comentó que por la década del 1950, los campos de la zona de la Isla de Bastián estaban arrendados por Héctor Ibáñez, conocido por el sobrenombre de “Coco”. En este establecimiento rural dedicado a la explotación ganadera, vivían y trabajaban el matrimonio conformado por Julio “Mincho” Martínez y Ulma Duarte.

“El Mincho” era un siete oficios de numerosas actividades vinculadas a los esteros que por el tiempo transcurrido pasó a formar parte misma de estos ecosistemas. La caza o captura la hizo siempre con un sentido sustentable, aunque numerosas fueron las veces que realizó tareas contrariando su espíritu “porque el patrón lo ordenó”.

El hábitat de bañados del departamento de Rocha configuró el último refugio de esta especie en nuestro país.

Ibáñez mandó a su capataz cazar Ciervos de los Pantanos. “El Mincho”, ignorante del tremendo daño que iba a causar, mató, cuereó y despojó las cornamentas de estos ciervos o Guazupucú.

El Profesor Hugo San Martín relató “estos campos eran del estado y fueron arrendados a un particular, gerente de un Banco”

“Este gran señor, digámoslo así, mandó matar a los ciervos y quizás mató los últimos ejemplares, esto fue en los años 1958 y 1959. Es el fin de millones de años de evolución; el fin de una especie que habitó nuestros campos, los bañados del este, por cientos de miles de años. Evidentemente se mataron los últimos ejemplares de los ciervos de los pantanos porque desde ese momento no se vieron más de estos animales. Hoy en el Museo de Historia Natural, hay solamente una cornamenta y un cuero con registro, número y procedencia de acá (Rocha), es terrible! Trístisima y dura realidad...”

Según narra la tradición oral, dos ejemplares juveniles podrían haber sido los últimos de la especie.

La historia cuenta que doña Ulma Duarte con instinto humano, femenino y maternal, protegió a dos cervatos que sobrevivieron a la matanza. Pero el destino de ambos fue fatal: uno murió a consecuencia de que le cayo encima del espinazo un objeto pesado que lo fracturó, mientras que el otro tuvo el mismo final a consecuencia de no haber amamantado el calostro en los primeros días de vida.

La cabeza con su cornamenta o quizás solamente esta última, igual que las pieles, dieron satisfacción al vil capricho del estanciero de exterminar esta hermosa especie para adornar el establecimiento, además de darse el lujo de obsequiar estos elementos a sus amistades.

De esta manera nunca más hasta ahora, ni en Rocha ni en el resto del Uruguay se detectó la presencia del Ciervo de los Pantanos.

Hoy, por este tipo de actitudes nos vemos imposibilitados apreciar y disfrutar de estos espléndidos ejemplares y nos limitamos a verlos a través de una fotografía o cinta de video. Obviamente es una dura lección a tener en cuenta en el camino que aún nos queda recorrer para que no acontezca lo mismo con otras especies.

NÉSTOR ROCHA puntoazul@adinet.com.uy

martes, 13 de octubre de 2009

El Puente Castells y el Primer Peaje Uruguayo

El Puente Castells (inaugurado en 1858), sobre el Arroyo Víboras, en Colonia

Mediante ley del 5 de julio de 1853, la sociedad “Progreso”de Jaime Castells fue autorizada por el gobierno a la utilización de un salto de agua en el arroyo de las Víboras. El arroyo Víboras, en Colonia, nace en la cuchilla de San Salvador. Recibe los aportes de los arroyos Chileno, de las Flores y Polanco, y es eje de una de las varias sucesivas cuencas que vierten al Río de la Plata.

Próximo a la Capilla Narbona, a diez kilómetros de Carmelo, Don Jaime Castells hizo construir entonces sobre la margen derecha del arroyo un molino hidráulico con capacidad para moler hasta un máximo de 35 fanegas por día.

Al año siguiente, se autorizó a la misma sociedad la construcción de un camino (actual ruta 21) entre Nueva Palmira y Carmelo. El puente Castells (conocido también como Camacho pues ese era el apellido del propietario de dichas tierras) debería financiarse a través del cobro de “portazgo” por la misma sociedad “Progreso”.

Puente Castells y loza que lo identifica con su nombre

En este lugar se cobró por primera vez el peaje en territorio nacional. Una leyenda dice que en uno de sus muros fueron colocadas las herramientas utilizadas durante la construcción y que allí estarían hasta hoy.

El puente ha resistido siglo y medio el embate de las crecientes y el cada vez mayor tránsito pesado con sólo algunos problemas de socavación. Tiene cinco arcos de piedra, lo que lo hace pionero en el país en dicho estilo de construcción, y fue abierto a la circulación en 1858, en el mismo año en el que se inauguró el molino, y año en el que también en Montevideo comenzaron a funcionar los peajes sobre la hoy Avenida Agraciada. (Ver nota publicada el 23 de junio)

El molino, que se alimentaba desde un sólido embalse de piedra que contenía al arroyo y a través de su correspondiente canal, no funcionó durante demasiado tiempo. Pero más allá de no haber alcanzado un éxito comercial, los gruesísimos muros de la vieja edificación coronada por tejas musleras son más que sugestivos.

Durante más de un siglo y medio las aguas han luchado contra los arcos del puente foto tomada de http://ltaat.fcien.edu.uy/Ecoplata/html/body_page13699.html

Desde 1975 el Puente Castells o Camacho, ubicado en el kilómetro 262 de la ruta 21, es “Monumento Histórico Nacional”

sábado, 10 de octubre de 2009

Aves Uruguayas: El Federal

Ejemplar de Federal anillado foto: Flickr - Venwu225

El Federal (Amblyramphus holosericeus) es un ave de la familia de los Icteridae, que habita en los humedales de Sudamérica, muy llamativo por su color.

Esta especie mide unos 23 cm. El pico es largo, fino y muy agudo, de color negro. Los ejemplares jóvenes tienen el plumaje totalmente negro; las plumas de anaranjado intenso primero aparecen en su pecho y garganta, después se van extendiendo hacia la nuca, la cabeza y los muslos. Su canto no es llamativo. Su onomatopeya se puede describir como un melodioso 'clir-clir-clur, clulululu', que entona con separación de segundos.

Federal en uno de sus ambientes preferidos: el bañado

Los federales se ven en casales en los humedales del sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el nordeste de Argentina; en Bolivia hay una población reducida a altitudes de no más de 600 metros sobre el nivel del mar. Fuera de la época reproductiva, suelen agruparse en lo alto de plantas o arbustos, formando grupos de hasta unos 20 ejemplares.

Mayormente se alimentan de insectos y otros invertebrados que suelen capturar entre la vegetación acuática. Complementan su dieta con semillas y frutas. Utilizan su pico a modo de martillo para abrir los alimentos.

Los federales son monógamos. Sus nidos tienen forma de taza abierta de hojas entrelazadas. Lo ubican sobre juncales, duraznillos o encima de algún arbusto, bien tejido en la vegetación. En el mismo ponen dos o tres huevos (tres es la postura más común) de color muy tenuemente celeste, casi blanco, con pintas negras.

Los muslos anaranjados son un distintivo adicional que, según la posición del ave, a veces pasa desapercibido. www.geometer.org

En época de reproducción (setiembre a diciembre) son muy territoriales. Macho y hembra defienden el territorio de cría y luego comparten la alimentación de las crías, aunque la incubación queda a cargo sólo de la hembra.

En Uruguay es un residente común al sur del Rio Negro, pero escasea al norte, registrando presencias al menos en Tacuarembó, Rivera y Río Negro. Más información sobre aves uruguayas: “El País de los Pájaros Pintados” de Gabriel Rocha, 3 tomos (ed. Banda Oriental); “Aves del Uruguay” de Adrián B.Azpiroz (ed. Graphis), disponibles en librerías.

jueves, 8 de octubre de 2009

Juan José Morosoli y su "Viaje Hacia el Mar"

Juan José Morosoli

Juan José Morosoli Porrini (19 de enero de 1899, Minas – 29 de diciembre de 1957, ídem).

Es un referente uruguayo de la narrativa de la primera mitad del siglo XX. Su infancia y su adolescencia estuvieron pautadas por las urgencias económicas, que lo llevaron a hacer sólo dos años de escuela primaria y a convertirse en un autodidacta por necesidad.

A los nueve años comenzó a trabajar en la librería de su tío materno como mandadero, y después como vendedor. Hacia 1920 instaló con dos socios una pequeña provisión que más tarde se convertiría en un Café.

La ciudad de Minas, por aquellos años, pese a ser un pequeño pueblo de escasa población tenía un cierto grado de autonomía cultural respecto de Montevideo, debido principalmente a la lentitud de las comunicaciones.

En 1923 se pueden encontrar sus primeros aportes a nivel periodístico, escribiendo para varias diarios: "La Unión" de Minas y "Marcha", "Mundo Uruguayo" y "El Día" de Montevideo.

Si bien incursionó en el teatro, la poesía y otros géneros literarios, la importancia de su obra radica en su quehacer como narrador.

Especialista en el género denominado cuento corto, su preocupación principal fue rescatar a los seres anónimos concentrados en las orillas de los pueblos y en los que supo descubrir destellos de una "grandeza elemental". En este sentido era un gran conversador, observador minucioso de la geografía física y humana de su pueblo.

Entre sus obras se cuentan: “Balbuceos” (1925), “Bajo la misma Sombra” (obra colectiva publicada junto a otros escritores minuanos en 1928), “Los juegos”(1928), “Hombres” (1932) y reeditado en 1942 con modificaciones, “Los albañiles de "Los Tapes" (1936), “Hombres y mujeres” (1944), “Perico. 15 relatos para niños” (1945), “Muchachos” (1950), “Vivientes” (1953). Póstumamente se publicaron “Tierra y tiempo”(1959) y “El viaje hacia el mar “(1962). En base a este último cuento se realizaría en el año 2003 la película del mismo nombre, dirigida por Guillermo Casanova y protagonizada por Hugo Arana, Juceca (Julio César Castro) y Diego Delgrossi.

Como forma de homenajearlo se crearon en 1991 la medalla "Morosoli", símbolo del Movimiento Cultural Minuano, y en 1995, la Estatuilla y el Premio "Morosoli", Homenaje a la Cultura Uruguaya.

Hace un par de días compartíamos el viaje de Darwin desde el mar hacia Minas. Esta vez, hacemos exactamente el camino inverso, más de un siglo después, en la asombrosa narrativa de un uruguayo.

Compartimos este cuento, una pieza ya en dominio público, “Viaje Hacia el Mar”, que seguramente incentivará más al lector ávido a profundizar en la lectura de sus obras, al tiempo que reflexiona como una narración tan sencilla, puede ser ni más ni menos que reflejada y tratada con maestría para lograr con ella toda una película.

Afiche de "El Viaje Hacia El Mar"

VIAJE HACIA EL MAR

A pesar de que habían resuelto partir a las cuatro, Rataplán llegó a las tres. Era el primero en llegar.

En el café había un solo hombre, sentado al lado de la puerta, desconocido para Rataplán, lo que quiere decir que no era del pueblo.

–Buen Día –dijo aquél al entrar.

–Bueno –respondió el otro, y acercó una silla al recién llegado como si le conociera o estuviera esperándole y, tras un silencio, agregó:

–¿Madrugó, eh?

–Sí –respondió Rataplán–, estamos de viaje a la playa.

–¿A qué playa?

–¿Hay más de una?

–¡Uf!... Muchísimas. ¿No conoce el mapa?

–No señor, no lo conozco...

–Pues playas hay muchísimas...

–Habrá. A nosotros nos lleva Rodríguez. ¿No ve que nunca hemos visto el mar?

En ese momento llegaron el rengo "Siete y tres diez" con su perro, y "Leche con fideos", un hombre flaco, pálido, con una barba negrísima, de ocho días, peón de un horno de ladrillos.

Se sentaron junto a Rataplán y el desconocido. Pidieron una caña y al minuto ya estaban participando familiarmente de la conversación.

El desconocido hacía cuentos de tartamudos con los que ellos se destornillaban de risa. Fue Rataplán el que tuvo que pedirle al fin:

–No haga más, por favor... Guarde alguno para la playa...

"Siete y tres diez" se asomaba de rato en rato a la puerta, nervioso por la tardanza de los otros excusionistas.

Rodríguez y el vasco Arriola llegaron cuando ya era día claro.

Aquél –que era el dueño y el conductor del camión- descendió de éste, dejó el motor en marcha y se sumó a la rueda.

El desconocido, que advirtió la presencia de Arriola, se acercó a la puerta e invitó: –Baje, tome una caña y nos vamos.

–El día va a ser bárbaro e'calor -dijo "Leche con fideos".

–Sí, nos a sacar lonjas -respondió Rodríguez.

Con dificultad, pues estaban muy pesados de caña, los que aguardaban en el café subieron al camión. Después lo hicieron Rodríguez y Arriola y partieron.

El camión, un viejo Ford de bigotes, era uno de esos vehículos que al marchar dan la impresión de andar atravesados, con un juego de adentro hacia afuera en las cuatro ruedas que parecía comunicarse al motor por sus explosiones fuera de ritmo. O tal vez, el motor por algún milagro de la mecánica era el que imprimía a las ruedas aquel movimiento. A guisa de toldo tenía una malla de alambre tejido, pues Rodríguez lo destinaba al transporte de gallinas.

Al lado de Rodríguez -piloto por supuesto- iba el Vasco.

Rodríguez sentía pasión por el mar. Cualquier pretexto le venía bien para llegar a él. No era pescador, ni le atraía el baño en las playas. Le gustaba el mar para verlo y sentarse a sus orillas, fumando en silencio, viendo nacer y morir las olas en un callado gozo.

"Siete y tres diez" era un viejo vendedor de billetes de lotería. Toda su familia la constituía su foxterrier al que había bautizado con el nombre de Aquino –el último cuatrero– como homenaje a éste y, además, porque el perro no podía ver a la policía. Apenas veía un guardiacivil huía ladrando en señal de protesta. Esto agradaba a "Siete y tres diez". Comentándolo decía que Aquino "en eso salía a él"; además tenía la seguridad de que el can era un animal "fino, lo que se dice fino, pues tenía el paladar negro y era rabón de nacimiento" lo que indicaba una segura aristocracia perruna.

Rataplán había sido basurero y ahora estaba jubilado. Era sordo de un oído y le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Se los había deshecho una máquina de alambrar siendo mocito. Al revés de "Siete y tres diez" su perro hubiera sido feliz siendo soldado. El apodo le venía de su costumbre de seguir al batallón en sus desfiles por las calles del pueblo, repitiendo en voz baja el sonido del tambor. El Vasco Juan era un hombre callado. Cuando no había trabajo en el horno acompañaba a Rodríguez en sus viajes a las chacras. Cuando estaba borracho -cosa que no ocurría muy frecuentemente- se le veía blasfemar e insultar a un desconocido- No se sabía de dónde había venido cuando llegó al pueblo. Los del grupo suponían que estos insultos iban dirigidos a alguien a quien había conocido antes, vaya a saber dónde, pues nunca se lo preguntaron. Sabían que no hay nada más sencillamente complicado que un vasco. Y que sólo un vasco -a pesar del alcohol- es capaz de guardar un secreto y hacerse enterrar con él.

Tomaron el camino de la sierra, el que termina en Pan de Azúcar, con sol alto ya. Fue aquí que Rataplán recordó los viajes que hacían los estudiantes y propuso que se cantara algo. Ninguno sabía canción alguna, con excepción del desconocido que sabía muchas, pero todas incomprensibles para ellos. Al fin coincidieron en Mi Bandera. Rataplán, a pesar de su parcial sordera era el que llevaba el compás con la mano y el único que cantaba. Los otros tarareaban y el desconocido imitaba un trombón. Cuando hacía una variación macarrónica, los otros reían estrepitosamente interrumpiendo el canto.

Cuando llegaron a un trozo de camino plano, Rodríguez detuvo el camión.

–Parece una bolsa de gatos –dijo. Prendió un cigarro, dió dos o tres puntapiés a las gomas del automóvil y preguntó:

–¿Y para qué cantan si no hay nadie?

–Cantamos como los estudiantes cuando salen por ahí -respondió Rataplán.

–Pero ellos cantan en la calle para que los oigan los otros -insistió Rodríguez.

El desconocido dijo entonces:

-Se canta para uno... Por cantar... a veces estoy solo y canto.

Rodriguez se dió cuenta entonces que el hombre era medio raro y recién se le ocurrió pensar por qué estaba allí con ellos, camino a la playa.

Al reiniciar la marcha se lo preguntó al Vasco.

El Vasco señaló a los que iban en el camión y dijo:

–Ellos... yo vine contigo.

–¿Ellos? ¿Y el camión es de ellos? ¿No fui yo quien invité?

–Ahí tenés.

El camión marchaba. EL sol estaba alto. Dentro sólo se oía al desconocido cantando una canción en idioma extraño, de ritmo lento y triste. Los otros, abrumados por el sol y la caña, cabeceaban somnolientos.

El camión seguía jadeando, camino adelante. Reverberaba el sol. Algún pájaro carpintero dejaba oír su grito que rasgaba la soledad. Algunos ruidos metálicos de élitros le daban a esta una dureza febril y reseca. A veces pulsaba la ardiente distancia el canto de la cigarra. Algún árbol de "Sombra de toro" se achaparraba en los flancos del camino que descendían erizados de piedra y mora y tunas "cabeza de negro". Muy lejos, en el término del camino de descenso de la cuchilla, espejeaba algún pequeño cuenco azulado, presencia de una cañada que en seguida desaparecía corriendo bajo una red de berros y espadañas, dejando como señal de su camino un trozo verde oscuro, jugoso y sedante en la pastura reseca y azufrada del resto del campo.

Llegaban ahora frente a un desuñidero de carretas. Una docena de árboles daba sombra a viejos fogones sembrados de huesos.

Rodríguez detuvo el vehículo nuevamente. Por el tubo del radiador ascendía una nube de vapor.

–Alcanzá la damajuana –ordenó Arriola. "Leche con fideos" la puso en manos del Vasco. Este la sacudió. El recipiente estaba casi vacío.

–No tiene casi –comentó éste indignado–, ¿serán tan degenerados estos tipos?

Descendió y se dirigió a los hombres:

–¡Tendría que bajarlos a patadas por sinvergüenzas! –Calló un segundo y miró al desconocido:

–¿Y a usted quién lo invitó?

–Los señores –dijo, y continuó–: yo no tomé una gota, además...

Rodríguez vació el resto de la damajuana en el radiador.

–Dale manija –ordenó al Vasco.

Este dió dos o tres vueltas a la manivela, pero el motor no despertó. Luego repitió la maniobra sin resultado.

Rodríguez, fuera de sí, se encaró con el grupo:

–Bájensen plastas –dijo.v Uno tras otro recibía la manivela y ponía mano a la obra. Tras un esfuerzo que los dejaba congestionados iban subiendo nuevamente al camión.

El Vasco volvió a recoger la herramienta. Fuera de sí, dio como veinte vueltas al hierro hasta que Rodríguez lo detuvo.

–Pará. Pará. Sos capaz de desarmarlo.

Después levantó el capot. EL Vasco, inocentemente y recordando alguna frase oída en circunstancia parecida, preguntó a Rodríguez:

–¿No estará frío?

Rodríguez se volvió "hecho una víbora":

–¿Por qué no te vas a la grandísima perra?

El pobre vasco se sentó humildemente en el suelo mientras Rodríguez levantaba la tapa que cubría el motor. Tocó aquí y allá. Destornilló tuercas, unió y desunió cables sin resultado. Entonces el desconocido se ofreció:

–¿Quiere que pruebe yo?

Tocó una pieza y se dirigió al Vasco.

–¿Me hace el favor?

El hombre dio un golpe de manija y el motor empezó a marchar.

El rengo, "Leche con fideos" y Rataplán empezaron a aplaudir. El camión siguió huella adelante.

Serían las once, acaso las doce, cuando Rodríguez advirtió que el radiador había agotado el agua, pues ya no salía vapor. Además no podía soportar el calor que ascendía del motor. No podía soportarlo en los pies.

–Tenemos que echarle agua –dijo–. No podemos seguir más.

Pero el camino seguía por el lomo de la cuchilla. Por un plano muy tendido descendía esta. Casi borradas, como cicatrices de la luz brutal, se veían allá abajo las manchas verdes de la vegetación que anunciaban al nacimiento de las vertientes.

Rataplán, parado sobre un cajón, miró hacia allá y comentó:

–Ta feo para bajar y subir con agua...

Rodríguez recordó lo de la damajuana.

–Culpa de ustedes, degenerados... Bueno –terminó– vamos a seguir despacio.

El sol ascendía implacablemente mientras la damajuana de caña descendía también implacablemente. El perro, echado en el centro del piso, jadeaba con agitación creciente.

Rataplán lo observó y comentó:

–¿No se pondrá a rabiar este infeliz?

El desconocido lo miró y exclamó:

–No tenga miedo... Mientras esté la lengua húmeda no hay peligro.

El rengo le sonrió agradecido.

Bajo un grupo de canelones al borde mismo del camino, había desuñido una carreta. El carrero había hecho fuego y aprontaba el mate. Los bueyes bajaban lentamente por el declive áspero hacia las aguadas perdidas en el espadañal del bajo.

El carrero, en cuclillas, parecía no haber visto ni oído la llegada de los excursionistas. Rodríguez bajó y se acercó al hombre:

–Buen día amigo –le dijo.

El hombre movió la cabeza. Si dijo algo, Rodríguez no lo oyó. Tras un silencio preguntó:

–¿No hay agua por aquí?

–Atrás –respondió el otro.

Rodríguez dió un rodeo y volvió a enfrentar al hombre:

–No vi –dijo.

El carrero enderezó el cuerpo, caminó unos pasos, se agachó evitando las espinas de un tala y señalando una roca hendida coronada por un coronilla retorcido señaló:

–¡Allí!

Un hilo de agua se deslizaba por la frente de la roce y caía en una pequeña hoya colmada.

Rodríguez, casi corriendo de alegría, se dirigió al grupo:

–¡Bajen! ¡Bajen! ¡Hay agua a patadas!

Bebieron todos. Después el perro. Luego refrescaron cabeza y cuello entre risas y carcajadas. Al fin empezaron a llenar la damajuana que vaciaron una, dos, tres veces en el radiador hasta que éste se enfrió completamente.

–Bueno –habló Rodríguez– ¡a bordo otra vez!

Cuando estuvieron arriba, "Leche con fideos" sintió un olor desagradable. Le preguntó al desconocido:

–¿Usted no siente olor feo?

–Siento. Hace mucho rato que siento.

Intervino Rataplán:

–Es la carne. Jiede que se las pela...

Y entonces "Siete y tres diez" dejó caer esta observación:

–¡Mire que la carne cuando jiede, jiede!

Habían andado media hora cuando divisaron una mancha negra violenta y prendida como un remiendo en el espacio dorado reverberante y como movido por una brisa que llegara desde abajo, del médano tendido.

–¡Allá es" –Dijo Rodríguez.

Los de adentro iniciaron entonces un nuevo coro lleno de desmayos e interrupciones. Iban semiacostados en el piso. Solo el desconocido, tocando su trombón y haciendo sus variaciones llenas de gracia, se mantenía en pie.

Ahora sí. Habían llegado. Al borde del monte de eucaliptos y pinos se detuvo el camión.

–Hemos pasao de todo –comentó Rodríguez– ¡pero ahora van a ver lo que es el mar! Tiró el saco y la camisa en el césped, hinchó el pecho cubierto de sudor y volvió a hablar:

–¡Esto es vida!...

Miró el mar amorosamente y exclamó:

–¡Es loco que está lindo!...

El último en bajar fue "Siete y tres diez". Apenas pudo hacerlo con el perro en brazos. Este, apenas tocó tierra, levantó la cabeza y como atacado súbitamente por alguna droga desconocida inició una carrera frenética hacia el mar. "Siete y tres diez" lo vio alejarse con estupor. Luego comprendió la razón de la fuga y salió tras de él gritando a todo pulmón:

–¡No tomés de esa que es salada! ¡No tomés que es salada!... -repetía.

Y se fue tras el perro. Entre revolcón y otro, el rengo con su marcha despareja levantaba una nube de arena. Caía grotescamente mientras seguía gritando. Al fin el rengo y los gritos se perdieron tras el médano. Los del grupo reían a carcajadas. Rodríguez, ya dueño feliz de la inmensidad, lloraba de risa.

–¡Ay, mi Dios –decía– ésto es de más!... Es de más.

Después fueron todos a la cachimba a refrescarse y traer agua.

Ya ardía el fogón. EL Vasco lavaba por quinta vez la carne descompuesta. Vieron entonces llegar al rengo con el perro en brazos. El animal aparecía hinchado, con la barriga como un odre, a punto de reventar.

–Parece un perro de goma –comentó el desconocido.

–¿Lo trajiste para aprender a nadar? –preguntó Rodríguez.

Y empezaron otra vez a reír a carcajadas mientras el rengo miraba cariñosamente al perro tendido en la gramilla.

–No se asuste -consoló el desconocido a "Siete y tres diez" –el agua salada no mata... es un purgante.

Al rato llegó un hombre del lugar. Jinete en un caballo arenero de vasos como platos, venía a ofrecerse por si necesitaban alguna cosa.

Lo mandaron al boliche por caña y vino. Todos se sentían felices. Estaban en paz. Gozaban de aquella brisa que luego del viaje accidentado y ardiente resultaba deliciosa.

Con la excepción de una discusión entre "Siete y tres diez" y "Leche con fideos", que sostenía que la guerra de 1904 había empezado después que la de 1914, a la que puso fin Siete y tres diez" generosamente dándole la razón, todo marchó maravillosamente bien.

Habían almorzado. Habían sesteado. Tomaron mate, se refrescaron en la cachimba. Conversaron. Aprontaron el mate nuevamente.

Rodríguez, luego de hablar mucho del mar, se dirigió a la costa.

Estuvo allí un largo rato, callado, abstraído. Fumando en silencio, mirando a la distancia remota, siguiendo el vuelo de las gaviotas, viendo morir y renacer las olas interminables.

Los amigos lo veían allí, sentado, quieto, solo frente al mar y la tarde que expiraba ya.

–¿Qué estará haciendo? –Preguntó "Siete y tres diez".

–Mirando el mar y nada más –dijo el desconocido.

–Sí. Pero con verlo una vez alcanza –terminó Rataplán.

Como sus amigos –los invitados para ver el mar– no venían, Rodríguez fue al fogón a buscarlos.

–Vamos... –dijo–. Los traje a ver el mar y ustedes están aquí, bajo los árboles... Árboles hay en todos lados.

Los otros no dijeron nada. Lo siguieron callados y pacientes.

–El mar –decía Rodríguez– es una cosa muy soberbia y bárbara... Para mí es un misterio que no me puedo explicar...

Los otros seguían callados tratando de saber a que conclusiones quería llegar Rodríguez. Y tratando además de explicarse por qué éste les había hecho hacer aquel viaje para ver el mar. Cierto era que ellos nunca lo habían visto, pero bien se podía comprender sin verlo que el mar es el mar.

Ya estaban frente a aquella cosa soberbia, bárbara y misteriosa –según Rodríguez–, callados, esperando cada uno la voz del otro. Caía el sol.

–¿Qué te parece? –preguntó Rodríguez a "Siete y tres diez", señalando con el brazo extendido hacia el poniente.

–Y...–respondió aquél– es pura agua... Más o menos como la tierra que es tierra... nada más que es agua...

Rodríguez sintió rabia y desilusión. ¿Aquélla era una contestación? ¿El y el mar merecían esta afrentosa respuesta?...

–¿Y si es agua qué te voy a decir? ¿Qué es tierra? –terminó "Siete y tres diez".

El Vasco se había agachado. Apretaba y soltaba el puño levantando y dejando caer puñados de arena.

Rodríguez se dirigió a él:

–¿Y a vos qué te parece?

El Vasco lo miró como si hablara en inglés.

–¿El qué? –preguntó.

–¿El qué? ¿Qué va a ser? ¡El mar!

El Vasco lentamente dijo lo siguiente:

–¿El mar?... Lo más lindo que tiene es la arena... ¡No parece arena y es arena!

"Leche con fideos" estaba por allí. Rodríguez meneó la cabeza desilusionado. Con la vista lo interrogó:

–¡Qué cantidad de agua! -dijo "Leche con fideos"-.

De lo que no me doy cuenta es para dónde corre...

Se acercó a Rataplán.

–¿Qué decís, Rataplán –preguntó Rodríguez–, es grande o no es grande esto?

–Es –respondió y volvió a repetir– es. Pero no tiene barcos... Y para mí un mar sin barcos es como un campo sin árboles... ¿Entendés lo que te quiero decir?... Pintás un campo y si no le ponés un rancho o un árbol no te representa nada...

Eso ya era algo. Rodríguez se consideró obligado a explicarle a aquel infeliz que no sabía nada del mar, algunas cosas del mar:

–Mirá: los barcos pasar por el canal. Como a dos leguas de aquí... Ahora mismo estará pasando alguno.

Rataplán trato de pararse en puntas de pie y miró en la dirección que señalaba Rodríguez.

–Yo no veo nada, dijo.

–No los ves porque la tierra es redonda...

Se disponía a seguir cuando Rataplán, con sorna, preguntó nuevamente:

–¿Y el agua es redonda también?

Rodríguez no pudo más. Se dió vuelta e inició el camino de regreso hacia el campamento.

–¡Que Dios me castigue –pensaba– si alguna vez traigo más animales de estos a ver el mar!

Obtenido de http://es.wikisource.org/wiki/El_viaje_hacia_el_mar Resumen biográfico tomado de la enciclopedia libre Wikipedia.

martes, 6 de octubre de 2009

Charles Darwin visita Minas

Charles Darwin - Autor de "El Origen de las Especies" - visitó Uruguay en 1832

El 27 de diciembre de 1831 el Beagle zarpó de Davenport rumbo a Sudamérica. A bordo, Charles Darwin.

Timothy Ferris, en su libro "La aventura del universo" dice sobre el viaje de Darwin en el Beagle: "Observó, absorbió todo y reunió tantas muestras de plantas y animales que sus compañeros del barco se preguntaban en voz alta si se había propuesto hundir al Beagle".

Su obra fundamental, "El origen de las especies", publicada en 1859, estableció que la explicación de la diversidad que se observa en la naturaleza se debe a las modificaciones acumuladas por la evolución a lo largo de las sucesivas generaciones.

Pero leamos ahora algo sobre las primeras etapas de su viaje. Más precisamente ubiquémonos en 1832, cuando Charles Darwin, célebre autor de “El Origen de las Especies” recorrió nuestro país durante medio año, dejó sus asombradas vivencias estampadas para la posteridad en su libro de viaje. Sin saberlo, dichas vivencias un día serían el deleite de los habitantes del futuro en pantallas de internet.

Tenía por entonces 24 años; sus relatos hoy podrían verse como una mezcla de ingenuidad y sorpresa.

"Cerca del Pan de Azúcar pasé un día en casa de un anciano español por demás hospitalario. Temprano en la mañana ascendimos a la Sierra de Ánimas. Realzado por el sol naciente, el panorama era algo casi digno de ser pintado. Hacia el oeste, la vista se extendía sobre una inmensa llanura que alcanzaba hasta el Cerro de Montevideo (el "Monte Verde" del cual la ciudad ha tomado su nombre), y hacia el este, por sobre toda la escabrosa región de Maldonado."

Hasta aquí el lector no habrá leído nada sorprendente. Pero continuemos:

"Al caer la noche solicitamos permiso para dormir en una estancia. Su propietario es uno de los mayores terratenientes del país, y teniendo en cuenta su condición social, su conversación resultó en cierto modo risible. Expresaron todos un tremendo asombro por el hecho de que la tierra fuera redonda, y se resistían a creer que un pozo, si fuera lo suficientemente profundo, llegaría al otro lado del globo. Me consultaban si era la tierra o el sol lo que se movía; si hacia el norte hacía más frío o más calor; donde se encontraba España; y muchas otras preguntas similares."

El 27 de julio de 1832 Darwin llegó desde el departamento de Maldonado a la aldea de Las Minas (hoy capital de Lavalleja), y anotó en su diario:

“El país es tan desolado que apenas cruzamos una única persona en todo un día de viaje”

“Las Minas es aún menos importante que Maldonado; se ubica en una pequeña planicie rodeada de colinas rocosas muy bajas, aunque un habitante de las pampas sin dudas vería en ellas una región alpina”

“Las casas de los alrededores se yerguen en el campo aisladas, sin corrales ni jardines de ninguna especie, como es la costumbre del país, lo que les da un aspecto poco confortable”

"El hecho de que me lavara la cara por la mañana dio muchísimo que hablar en el pueblo de Minas. Un prominente comerciante me hizo un cuidadoso interrogatorio por causa de costumbre tan singular, y también indagó por qué usaba barba. Me demostró muy grandes sospechas; tal vez sabía de las abluciones practicadas por los mahometanos, y por conocer que yo era herético, probablemente llegó a la conclusión de que todos los heréticos eran feroces turcos."

Sobre los gauchos escribió:

“Los gauchos son sumamente corteses y nunca beben una copa sin invitarnos a que los acompañemos; pero así como nos hacen graciosos saludos, podría decirse que también siempre se hayan dispuestos a acuchillarnos si se presenta la ocasión”

Y sobre las sorpresas que se llevó:

"Dos o tres de los objetos que llevaba encima, especialmente una brújula de bolsillo, despertaban un asombro sin límites. El hecho de que yo, un forastero recién llegado, pudiera hallar la ruta a lugares para mí desconocidos, despertaba la más viva admiración. Si grande era la sorpresa que en ellos despertaba mi brújula, no menor fue la mía al comprobar tal ignorancia entre gentes que eran dueñas de millares de cabezas de ganado y de enormes estancias."

Yo traía entre mis cosas algunos fósforos, y los encendía mordiéndolos; les parecía algo tan portentoso que una persona produjera fuego con los dientes, que era normal que toda la familia se reuniera para verlo. En una ocasión llegaron a ofrecerme un dólar por uno de los fósforos."

Charles Darwin permaneció tres días en el poblado de Las Minas antes de continuar recorriendo nuestro país.

En nuestra próxima entrega veremos otro viaje, pero esta vez de Minas a la costa, y más de un siglo después.